Cerveza blanca belga

Si en este momento tienes ganas de disfrutar una sensación refrescante, liviana, con aromas sutilmente marcados y que deje un suave amargor deslizado al final de boca, es el momento de tomar una cerveza blanca belga.

Pero, atención: antes de sumergirnos en el placer de descubrir sus características, debemos señalar una distinción muy importante para comprender por qué una cerveza blanca belga es diferente a una alemana. Es que en Bélgica a las cervezas de trigo no se las maltea, por eso tienen ese cuerpo firme y acento único a granos en el sabor, en medio de un efecto liviano y refrescante. Esta y otras particularidades de sus recetas han impuesto un lugar de privilegio en el consumo mundial, como una contagiosa afirmación de esa tradición cervecera sentada sobre varios siglos.

Como siempre, las condiciones naturales del entorno inciden en el tipo de producción que se logra, por eso vemos nacer este tipo de cerveza en una región propicia para el cultivo de trigo, en la zona de Brabante y Lovaina, hacia el este de Bruselas. Alcanzó su máxima expresión durante el siglo XIX, aunque comenzó unos setecientos años antes. Los primeros maestros cerveceros aprovecharon la abundancia del cereal más preciado de la época y fue luego, más adelante, cuando comenzaron a adicionar otros ingredientes que le dieron un carácter más exótico, influenciados por las numerosas colonias que estaban bajo dominio de los Países Bajos durante los siglos XVII, XVIII y XIX.

Astillas del mismo palo

A pesar de que Bélgica es un país pequeño y que las cervezas elaboradas con trigo se conocen por lo general como cervezas blancas, cambia esta denominación según la región. Así, en Valonia, en la parte sur del país, es común que se use el término francés “bière blanche”, mientras que en en Flandes, al norte, se utiliza “witbier”, término neerlandés; pero todas son cervezas belgas blancas, nombre dado por la vista inconfundible que presentan.

Las proteínas del trigo le otorgan la tonalidad amarillenta, un color suave y pálido, pero es la levadura en suspensión la responsable del aspecto un tanto turbio que las caracteriza. Esta combinación, sumada al frío de la temperatura recomendada para tomarlas, acentúa el blanquecino que las identifica. No están hechas solo de trigo; en su base también contienen otros cereales, como cebada malteada y a veces una proporción menor de avena.

Tal como comentamos al principio, es tradición belga utilizar el trigo sin maltear, “en crudo”, por lo que la cerveza blanca belga gana robustez y sabor a grano. Esta base, que ya suena muy personal, tuvo entre sus primeros aditivos la piel de una variedad de naranja amarga, proveniente de Curaçao, antigua colonia Holandesa en las Antillas. Pronto se sumaron semillas de cilantro, pimienta de Guinea, comino o canela logrando producciones exquisitas con nuevos tintes de sabor y aroma. Prevalece entre todos, el acento cítrico de la naranja de Curaçao, intensificado por el amargo del lúpulo.

El arte de disfrutarlas

La cerveza blanca belga es muy refrescante, tiene ese tono afrutado a naranja que, unido al amargor del lúpulo, se siente radiante, marcando la acidez, y deja para el final la sequedad propia del trigo. Después de un trago dan ganas de ir por más. Por suerte para este fin, la graduación alcohólica siempre va de la media para abajo.

Casi siempre se ven turbias porque conservan levadura disuelta sin filtrar que no decanta con facilidad y la llena de su aroma tan atractivo y único, pero es recomendable agitarla un poco, antes de servirla, para levantar en el remolino del movimiento las levaduras más perezosas del fondo e integrar su sabor a cada trago.

Durante el proceso de fermentación se suman sabores distintos generados por los fenoles, así es que encontramos reminiscencias de clavo de olor, banana o frutas dulces y, solo en el caso de que la fermentación trabaje a menor temperatura, aparecen aromas a vainilla. Todas sus propiedades parecen estar presentes para dar placer calmando la sed, con una tonicidad muy refrescante que se pronuncia si se bebe a menos de 5°.

Es tan versátil que muchos la consideran ideal para acompañar postres, ya que la mayoría de las cervezas blancas belgas admiten una maduración en botella que suaviza la presencia del lúpulo y deja lugar a la ligereza de las especias y frutas.

Para disfrutar a fondo sus virtudes dicen que hay que tomarla en el clásico vaso “tumbler”, inspirado en la forma que tuvieron originalmente los tarros de mermelada en que se distribuía cuando recién nacía y los lugareños empezaron a deleitarse con ella.

Hoy en día, la representante con todas las letras de las cervezas blancas belgas es la Hoegaarden, de su estilo, la más vendida en el mundo entero.

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